Polonia, un nuevo hogar para los migrantes ucranianos que huyen de la guerra

Andriy Myrovych works for a Polish-Ukrainian-NGO, here pictured walking to his office located in a suburb in Lublin © Gregor Fischer

Para los ucranianos del este, la ciudad polaca de Lublin es el nuevo lugar de moda. Su bajo coste de vida, el alto nivel educativo y la proximidad con la frontera ucraniana permite a los migrantes que huyen del conflicto en su país y de las dificultades económicas que este acarrea, encontrar la paz. Basta con recorrer un arduo trayecto en autocar y tener ganas suficientes de empezar de cero.

Desde 2014, año en que Rusia anexionó Crimea, y estalló la guerra en el Donbass, Ucrania ha visto cómo poco a poco se ha ido abriendo una nueva ruta migratoria. Una gran parte de los ucranianos de las regiones del este y del sur del país han hecho las maletas y se han largado a Polonia en busca de trabajo. Su número se ha disparado del 6% al 20%, alterando el flujo de migrantes desde el este hacia el oeste en los últimos años. En cambio, en Rusia, donde muchos migrantes ucranianos solían encontrar trabajo antes de 2013, el número ha caído más de un tercio. La exención de visados para los ucranianos que deseen visitar la Unión Europea, en marcha desde 2017, facilitó esta corriente migratoria todavía más.

Alexey Ulichniy waiting in front of an apartment block in Warsaw where he lives with his girlfriend. © Gregor Fischer

Cambio de sentido para una nueva vida

“Solía ir a Rusia por trabajo porque era más fácil. Trabajaba allí en el negocio de mi hermano. Ahora ya no quiero ir. El camino se ha vuelto más complicado para mí desde que Rusia interrumpió el tráfico de sus trenes a través de Ucrania. Y no quiero que nadie sospeche de mí”, asegura uno de los pasajeros del autobús que va desde Kiev a Varsovia. Él es de la región de Kiev y su amigo, de Odesa. Ambos viajan a Polonia para buscar trabajo por primera vez. En sus manos, los dos treintañeros sostienen fundas transparentes con lo que seguramente sean para ellos sus documentos más preciados: sus pasaportes y las invitaciones para ser empleados legalmente.

El trayecto en autocar desde Kiev que cruza la frontera polaca es bastante largo y aburrido. Pese a que se han abierto nuevas rutas ferroviarias y vuelos de bajo coste entre Ucrania y Polonia recientemente, muchos migrantes y estudiantes siguen prefiriendo el autobús. A medida que avanza el viaje, más y más pasajeros suben a bordo.

El bus salió de Kiev por la tarde y no alcanzará la frontera hasta mucho después de que se haga de noche. Durante la mayor parte del viaje, los pasajeros intentan dormir, sabiendo que habrá unos controles exhaustivos en la frontera antes de entrar a Polonia. Esta vez, el control fronterizo dura al menos cinco horas, por lo que imaginan que será una noche en blanco. Los guardias fronterizos polacos inspeccionan meticulosamente los papeles de cada uno, preguntando a quienes desean entrar en el país si tienen suficiente dinero. También examinan las bolsas de viaje por si hubiera escondidos bienes de contrabando como cigarrillos o vodka. Los guardias fronterizos del lado polaco actúan de forma bastante ruda, gritando a los pasajeros y manteniéndolos esperando en una minúscula sala de aduanas mientras inspeccionan el bus. Los pasajeros se quejan entre sí, pero ninguno se atreve a decirles nada a los guardias fronterizos, por miedo a que la próxima vez que lo intenten no les dejen pasar.

Lublin es la primera parada tras cruzar la frontera, y allí desembarca buena parte de los pasajeros. La ciudad es la segunda más grande de la región histórica de La Pequeña Polonia (al sur del país), donde viven unas 350.000 personas. Al bajar del bus y mirar hacia la estación de autocares, una gran catedral ortodoxa se yergue imponente. Tras ella, la plaza Taras Shevchenko, la rotonda de Mohyla y la calle Lwowska llevan nombres ucranianos. Lublin ha sido un centro multicultural durante mucho tiempo y los vecinos de etnia ucraniana forman parte de la comunidad local.

A principios de los años noventa noventa, muchos migrantes económicos del oeste de Ucrania empezaron a trasladarse hacia Lublin y Polonia. Podía verse a los recién llegados vendiendo cosas en los mercados locales. Diez años después, todavía siguen allí, pero Lublin se ha convertido en un centro de cooperación intelectual y cultural entre ambos países. En Lublin, la comunidad de personas de etnia ucraniana protege y promueve las tradiciones nacionales, la lengua y la historia. Desde que estalló la guerra en Ucrania, Lublin también se ha abierto a la cooperación militar. Ahora, sirve de base para una brigada conjunta de Lituania, Polonia y Ucrania. Los ucranianos que viven en Lublin contribuyen a estabilizar los lazos diplomáticos entre Ucrania y Polonia, una relación que en los últimos años se ha vuelto muy tensa a causa de los traumas históricos que unen a los dos países.

Sueña grande

La cultura ucraniana moderna está muy presente en Lublin y encaja perfectamente en la vibrante vida de la ciudad. El festival “Ucrania en el centro de Lublin” es uno de los eventos más conocidos y qué más público polaco y ucraniano ha atraído en los últimos años.

A Maxim Vasiliev, un ucraniano de 19 años que estudia en Lublin, no hay festival ni evento cultural de la ciudad que se le resista. Cuando hay una inauguración, es el primero en asomarse a la puerta, observando todo como pez en el agua. Mientras deambula por las salas y contempla las obras de arte, saluda a muchos amigos, también ucranianos.

Maxim admite que la ciudad le ha permitido redescubrir la música y la cultura ucranianas. Mariupol, su ciudad natal, en la región industrial del Donbass, era algo así como un caso atípico en términos de cultura ucraniana. En 2014, Mariupol se convirtió en la línea de fuego de la confrontación militar entre Rusia y Ucrania. En 2015, varios misiles Grad alcanzaron la ciudad y provocaron 30 muertos y cientos de heridos. Por entonces, Maxim estaba en su último año de secundaria.

“La guerra estaba cerca pero pasaba de largo. Intento no pensar mucho en ello”, afirma, sintiéndose afortunado por el hecho de que tanto él como su familia se mantuvieran a salvo. La guerra acabó llegando a su ciudad y eso le dio el empujón que necesitaba para mudarse a Polonia. “Pero yo siempre soñé con algo grande, quería dejar Mariupol”, sostiene. Maxim es uno de los 3.500 estudiantes ucranianos residentes en Lublin, el mayor grupo de estudiantes extranjeros en una ciudad con cinco universidades públicas. Actualmente está en su segundo año de Periodismo, algo que quería hacer desde que Estaba en 9º curso. En aquel entonces, tenía un blog y ya empezaba a hacer sus primeras fotos.

El joven casi nunca tiene tiempo libre. Combina sus trabajos voluntarios en eventos culturales con otro para un medio de comunicación local. “Así es como me gusta pasar el tiempo: divirtiéndome y trabajando al mismo tiempo”, dice Maxim, satisfecho con su nuevo estilo de vida en Lublin. Pero, tal y como él mismo reconoce, su rutina no es la típica del resto de estudiantes ucranianos.

Aquí, Maxim encontró algo que más tarde se dio cuenta que era importante para él. “Me hice más abierto, más libre a la hora de expresarme aquí. Dejé de tener miedo a las multitudes, a que la gente intentara juzgarme. Ahora puedo responder sin tapujos si a alguien no le gusta cómo visto. Muchas veces, los ucranianos hacen este tipo de comentarios aquí, juzgando a los demás, en Lublin”, confiesa Maxim, que admite sentirse más cómodo entre los jóvenes polacos.

“Todavía me queda un año más de estudios. Si me proponen que me quede en Lublin, me quedaré. Si no, entonces puedo ir a cualquier ciudad o país e intentar algo allí”, afirma.

Muchos ucranianos que han terminado sus estudios prefieren permanecer en Polonia en lugar de volver a casa. Según estimaciones recientes, el número de migrantes ucranianos jóvenes en Polonia se ha duplicado, al igual que el número de migrantes profesionales, que también ha crecido.

“Adoro mi país, pero no su sistema”

Los investigadores también apuntan que cada vez más jóvenes identifican su descontento con la situación política en Ucrania como una de las principales razones que les llevan a buscar trabajo fuera.

“Me gusta Lublin, porque yo misma estaba en la ciudad más oriental de Ucrania, con una población de menos de medio millón de habitantes. Conozco cómo son las cosas allí y aquí me siento muy cómoda. Podría envejecer aquí”, dice Valera Kozyuba (22 años), un estudiante de posgrado de Lugansk. Acabó estudiando periodismo y negocios en Lublin después de que los milicianos apoyados por Rusia ocuparan su ciudad natal y proclamaran la llamada República Popular de Lugansk allí, forzando a miles de ciudadanos a abandonar sus hogares.

“De algún modo, todo fue para mejor. Si no fuera por la guerra, estudiar en Kiev hubiera sido mi mayor logro. Ni siquiera me había planteado nunca estudiar fuera”, admite Valera. Lublin era la elección perfecta para él en términos de coste de vida y de educación, pero también en cuanto a la calidad de vida que él ha encontrado allí.

Desde su segundo año en el University College of Enterprise and Administration, Valera ha desempeñado varios trabajos, desde editor de noticias a empleado en un supermercado, donde poder ganar un dinero extra. Está a punto de acabar sus prácticas en el despacho del decano y está impresionado por el modo en el que lo han tratado.

“Todo el mundo es tan hospitalario, dispuesto a ayudar. Cuando propuse cambiar algunos procedimientos, me escucharon con atención. Algo que no hubiera sido posible en Ucrania”, explica Valera, muy sorprendido.

Para ahorrar dinero, también comparte piso con otros dos estudiantes, ambos del este de Ucrania. Después de graduarse, planea encontrar un empleo en Lublin e ir a una universidad en Varsovia, a tres horas en tren de allí. Si eso no funciona, su plan B es volver a Ucrania, a Kiev. Sin embargo, esta perspectiva sigue “en la retaguardia”. Sentado en un concurrido café del centro de conferencias de Lublin, Valera acaba hablando de política ucraniana. Vuelve a Ucrania de vez en cuando y está muy interesado en lo que ocurre allí. Sin lugar a dudas, está de todo menos feliz con la situación en su país.

En tanto que estudiante de posgrado, decidió investigar la historia de la libertad de prensa para su tesis. “No es una democracia”, sostiene Valera, mientras enumera sus sentimientos respecto al estado de la libertad de expresión en Ucrania. Como ucraniano del este, no se siente cómodo expresando su opinión abiertamente en su región. “En mi opinión, el país está avanzando en la dirección equivocada. Si no fuera el caso, entonces yo -como muchos otros ucranianos- no estaríamos aquí”, sugiere. “Amo mi país, pero no su sistema”, añade. Al ser preguntado sobre si le gustaría volver a Ucrania para mejorar la situación, Valera afirma que no siente que él pudiera luchar por los problemas en Ucrania. “El sistema me engulliría y me escupiría”.

Un lugar de no retorno

La empobrecida situación económica de Ucrania ha llevado a ucranianos de más edad a considerar empezar una nueva vida en Polonia. Tatiana y Andrey Parshikov, de Lugansk, llegaron a Polonia al no haber conseguido establecerse en Lviv, una ciudad del oeste de Ucrania, adonde fueron huyendo de la guerra.

Los Parshikov eligieron Lublin por que, relativamente, empezar de cero allí no era muy caro, el proceso de registro era más rápido y también por su proximidad con la frontera ucraniana. Desde 2016, regentan una pizzería, un lugar pequeño y acogedor lejos del centro de la ciudad. Tatiana trabaja en la cocina y Andrey reparte las pizzas. Tienen varios empleados polacos, pues los ucranianos que contrataron no duraron mucho. Tatiana asegura que le cuesta encontrar un buen equipo para el negocio. Ambos dedican la mayor parte de su tiempo a su relativamente nuevo negocio. Apenas consiguen sacar tiempo para los pocos amigos que tienen ni tampoco para hacer otros nuevos. Para superar la barrera del lenguaje, Tatiana se unió a un grupo de Facebook formado únicamente por mujeres de habla rusa, residentes en Lublin, coordinado por Maria Miroshinchenko, una ucraniana de Dnipro.

A los Parshikov, Lublin les recuerda al Lugansk que dejaron atrás y que tanto añoran: pequeño, verde y acogedor.

“Si no fuera por la guerra, nunca nos hubiéramos ido de Lugansk. Allí teníamos todo por lo que habíamos trabajado tanto tiempo: un negocio exitoso, una situación financiera estable, un piso. Incluso íbamos de vacaciones dos veces al año”, comenta Tatiana, con gesto grave.

Todavía guarda las fotos de sus almacenes, que resultaron fuertemente dañados por la metralla. Tatiana dice que intentó reformar los almacenes en 2015, esperando que todo terminara pronto, como muchos otros hicieron. Pero después de un tiempo, se dio cuenta de que la situación no cambiaría en un tiempo y que para ellos ya no quedaban perspectivas de futuro en Lugansk. Ahora Lugansk es un lugar de no retorno, según ellos.

Tatiana tiene 44 años y Andrey 50, y ambos admiten que empezar de cero en Polonia no fue fácil. “Cuando empezamos nuestra vida juntos, levantamos nuestro negocio y no dormíamos, solo trabajábamos. Aquí, tenemos  [que hacer] todo de nuevo”, le dice Tatiana a su marido. “La historia se repite una y otra vez, como una espiral”, señala él.

Maxim Vasiliev walking through the culture centre of the city. © Gregor Fischer

Más al oeste

Antes de 2013, la enorme cantidad de migrantes que cruzaban la frontera hacia Polonia desde Ucrania eran trabajadores temporales. Pero ahora, el número de migrantes que busca un empleo estable va en alza. Muchos de ellos lo buscan en ciudades polacas situadas más al oeste, como Varsovia.

“¡Lublin se parece tanto a Ucrania!”, exclama Alexey Ulichniy, un chico de 26 años de Kramatorsk, un pueblo del Donbass ocupado por milicianos apoyados por Rusia durante tres meses en 2014. Tras unos duros combates, la localidad volvió a estar controlada por Ucrania. Alexey y su novia de 19 años, Marina Kokhanevych, oriunda de Nikolayev, han venido a Lublin para arreglar los papeles de Marina. Tras un par de horas, volverán a Varsovia, donde viven y trabajan.

Alexey trabaja en un almacén envasando medicinas. Gana más dinero y tiene mejores condiciones de trabajo que en su anterior empleo en una fábrica de muebles situada en una ciudad pequeña cerca de Breslavia. Entre un empleo y otro, tuvo que volver a casa. Mientras esperaba su siguiente contrato, aprovechó una oportunidad para trabajar en Rusia durante un par de meses.

“Pensé: ‘¿porqué no?’ Nunca he estado en Rusia. Ahora lo he hecho y no quiero volver allí nunca más”, dice Alexey, paseando por el centro de Lublin. Los empleos en Kramatorsk -su ciudad natal- no encajaban con él. “O tienes dinero o tienes tiempo libre. No puedes tener las dos cosas. También me harté de Kramatorsk. Simplemente quería algo nuevo”, explica Alexey.

Según indica, en Polonia no está únicamente para ganar dinero sino para empezar a vivir su vida de verdad. Ha sido aquí donde ha conocido a su novia, Marina, que ahora trabaja en la cocina de una cafetería.

Mientras, tienen suficiente tiempo libre y dinero para disfrutar juntos. Van a festivales de música y pasean en bicicleta por Varsovia, algo que hubiera sido difícil en Ucrania, pues allí no existe la infraestructura para hacerlo.

Les encanta quedar con sus amigos de Kramatorsk que también se mudaron a Varsovia. Alexey y Marina alquilan un cómodo piso “kavalerka”, como se llama en polaco a los estudios pequeños, y planean comprar un televisor pronto. Alexey ayudó a su hermano, soldador profesional, a encontrar un trabajo en Polonia. Su tío, también soldador, vendrá a Polonia pronto. La madre de Marina ya ha trabajado en Polonia durante tres meses. Ahora está buscando el modo de volver. “Cuando vamos a Ucrania, nos sentimos como si fuéramos invitados. Cuando venimos a Polonia, nos sentimos como en casa”, dice la pareja, seguros de que no regresarán a Ucrania, al menos a corto plazo.

En cambio, su amigo Andrey Pavlenko, de 28 años y también de Kramatorsk, decidió volver a su pueblo natal tras haber trabajado como operario de una fresadora en Jelenia Góra. Aunque el trabajo estaba bien pagado y estaba planteándose mudarse a Alemania, creyó que le iría mejor volviendo a Ucrania. “No sentía que pudiera desarrollar todo mi potencial en Polonia”, explica Andrey. Ahora, trabaja como voluntario en campamentos de Ucrania. En un futuro, intentará encontrar un empleo en el sector público o abrirá su propio negocio.

Mientras tanto, la administración de la región de Lviv, en el oeste de Ucrania, está buscando formas de hacer que los trabajadores vuelvan a casa. Su objetivo es crear más empleos, pero también promueven puestos de trabajo que facilitan la migración entre compañías que tienen sedes tanto en Ucrania como en Polonia. Se pueden ver anuncios como “te esperamos en casa” en Lublin, claramente dirigidos a los ucranianos. Uno de ellos forma parte de la campaña de una empresa japonesa llamada Fujikura, que da mucho trabajo en el oeste de Ucrania.

Según estimaciones, entre 1,5 y 2 millones de ucranianos trabajan y estudian en Polonia. Pero ir del este al oeste no es solo una moda de los migrantes ucranianos. Muchos polacos también se mudaron fuera del país en busca de mejores empleos

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