Białowieża, el bosque de la discordia

Uno de los caminos que llevan al bosque de Białowieża al amanecer.

Con 150.000 hectáreas de vegetación pura, 10.000 años de historia y algunos de los últimos bisontes presentes en Europa, Białowieża, en Polonia, es uno de los pocos bosques vírgenes de planicie que quedan en el continente. En 2016 el Gobierno polaco incrementó la tala permitida en la zona hasta triplicarla, lo que avivó el debate de la última década sobre el futuro del bosque y requirió la intervención de la Unión Europea, que ha bloqueado las operaciones. Hemos recogido la opinión de residentes, ecologistas y científicos para comprender cuál es su relación con este lugar -tan controvertido- pero tan singular en el mundo.

“Tendría unos 118 años cuando lo talaron”, sentencia Ewa con tono de médico forense. Acaba de terminar de contar los anillos concéntricos del tronco de un abeto cortado recientemente o, como define ella, de “leer el árbol”. “Las operaciones de tala comenzaron lentamente, pero después se intensificaron. No recuerdo haber visto nada igual”.

Unos pocos kilómetros al norte, encontramos un espeso laberinto de robles, alisos y tilos centenarios que crecen majestuoso sobre los restos de sus antepasados. Además, tres jóvenes ejemplares de bisonte europeo pacen en el silencio del ocaso, roto solamente por el trino de los pájaros, en el mismo lugar en el que unos árboles de hoja caduca soportan los golpes regulares de los pájaros carpinteros pico dorsiblanco. En Białowieża, uno de los últimos bosques vírgenes de Europa situado en el recóndito este de Polonia a pocos kilómetros de la frontera con Bielorrusia, la vida y la muerte se combinan en un equilibrio dinámico que permite su continua regeneración. Hace dos mil años Europa debía de ser algo parecido a esto.

Un ecosistema en peligro de extinción

El mundo, en especial el científico, admira y envidia este rincón de tierra, todo lo que queda de aquel pasado incontaminado constituido por especies poco comunes y árboles más que centenarios. “Este bosque es la razón por la que estoy aquí”, cuenta Ewa Zin, de 36 años, investigadora del Forest Research Institute (Instituto de Investigación Forestal) de Białowieża, mientras comparte algunas confidencias con nosotros. Cuando estudiaba y trabajaba en el extranjero se dio cuenta de lo muy unida que estaba a Białowieża. “Es lo que más echaba de menos en mis viajes. Algunas personas vienen aquí solo para ver al papamoscas papirrojo o al pico dorsiblanco, que no se pueden encontrar en su país. Al estar lejos me di cuenta de lo especial que es este lugar”.

Sus ojos color turquesa dejan traslucir la pasión con la que describe el bosque en el que nació hace treinta y seis años. Su mirada vuela continuamente entre la densa vegetación que divide el camino del Parque Nacional de Białowieża, el más antiguo de Polonia, en busca de una de las más de 800 especies de plantas vasculares protegidas o de alguno de los 650 bisontes europeos que solamente se pueden admirar en este bosque. La biodiversidad de Białowieża, única en Europa, ha sido hasta ahora su salvación.

A choques por el destino del bosque

En Białowieża el ritmo de la tala aumentó en 2017, después de que el entonces ministro de Medio Ambiente Jan Szyszko, alarmado por un brote de parásitos en la corteza de los árboles inusual desde después de la Segunda Guerra Mundial, decidiera triplicar la cantidad anual de árboles que podía cortarse en la masa forestal que rodea la zona de alta protección (donde, en cambio, no se interviene de ningún modo). Separando el bosque de la vecina Bielorrusia hay una barrera de casi dos metros de altura, inaccesible para los visitantes.

La medida desencadenó las reacciones tanto del mundo ecologista como del científico, convencidos de que la intervención humana pondría en peligro todo el ecosistema del bosque natural. Así fue cómo nació el movimiento ecologista Save Bialowieza, al frente de la organización de las protestas contra la tala —a veces reprimidas con la fuerza— que desde 2017 hasta hoy han llevado a juicio a docenas de activistas, muchos de los cuales ya han sido absueltos. Rara vez la división de opiniones sobre el futuro del bosque había sido tan nítida: ¿Intervenir en con planes específicos de tala o “dejar que la naturaleza siga su curso”?

La Comisión Europea se opuso formalmente a la decisión del Gobierno polaco en abril de 2017 y solicitó el cese inmediato de la deforestación a gran escala en una zona denominada “Natura 2000” como es la de Białowieża, área de especial protección creada por la Unión Europea para la conservación de los hábitats y de las especies. La cuestión de Białowieża se ha convertido en un emblema de la profunda división que desde 2015 separa al ejecutivo polaco de las instituciones europeas.

La apertura de un procedimiento de infracción no fue suficiente para detener el proyecto de tala del Gobierno polaco. Un año después llegó la sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea que declaró de forma definitiva a Polonia como responsable de la falta de protección de la zona y, por tanto, de la tala innecesaria.

Hasta esa fecha, los activistas de Obóz dla Puszczy (Lucha por el bosque) habían constatado que ya se habían acumulado 190.000 metros cúbicos de leña, cuatro veces la media anual de producción forestal. Y todos están aquí. Una imponente presencia que impresiona al pasear por los senderos.

Todos quieren proteger el bosque

Una pancarta colgada entre dos postes en el centro del minúsculo pueblo de Teremiski, a cuatro pasos de Białowieża, ataca con dureza a los ecologistas que en 2017 establecieron aquí su cuartel general. En ella se lee: “Pseudoecologistas, mantened vuestras sucias manos lejos del bosque”. Firmado: los residentes.

“No entiendo que la opinión de alguien que nunca ha vivido aquí pueda valer más que la mía. ¿Cómo pueden ellos comprender nuestro bosque?”, comenta con rabia Walentyna, que ha salido en bata de su casa, a pocos pasos del cartel. Su vecino Andrzej, vestido con un uniforme color café de guarda forestal, se ha interesado en la conversación y no duda en participar: “Hemos cuidado del bosque durante generaciones y ahora que sufre dicen que no tenemos que intervenir. Nos pintan como los asesinos del bosque, cuando somos los únicos que lo protegemos”.

Nos pintan como los asesinos del bosque, cuando somos los únicos que lo protegemos”

El dedo de algunos residentes no solo señala a los ecologistas que acampan aquí sino también a la comunidad científica como responsables de querer convertir el bosque en un laboratorio de acceso limitado. Durante mucho tiempo la bióloga Elżbieta Malzahn ha estado luchando por aumentar la protección de la masa forestal en Białowieża. Hace 49 años que vive junto con su marido Przemysław en una pequeña casa construida tras la Primera Guerra Mundial para los empleados de la empresa maderera británica Century. Aunque el año que viene celebrarán las bodas de oro, sobre el futuro del bosque aseguran que nunca estarán de acuerdo. “En el pasado, los habitantes y sus familias estaban acostumbrados a tener un acceso privilegiado a los recursos del bosque”, explica Elżbieta en la sala de estar, adornada con los trofeos de caza de su marido. De entre los árboles centenarios obtenían miel, setas y hierbas aromáticas. “Por eso debemos implicarlos y no hacer que se sientan excluidos del bosque y de su mayor protección”.

Elżbieta trabaja en el Instituto de Investigación Forestal de Białowieża desde que finalizó los estudios universitarios en Varsovia. Su marido la interrumpe a menudo y ella a él también. Es un intercambio sin tensión, una divergencia a la que parecen estar acostumbrados. Przemysław, de cejas blancas puntiagudas y con un cigarrillo en la boca, mueve las manos consumidas por su trabajo de jefe de los servicios forestales locales, una autoridad que en el pasado en el pueblo venía “inmediatamente después del sacerdote y justo antes del médico” y cuya figura sigue gozando hoy de especial crédito. Przemysław está jubilado, pero conserva una idea clara sobre la gestión forestal. “Estoy a favor de la intervención humana; sin nosotros se perdería para siempre”.

Białowieża National Park limit
Límite del Parque Nacional de Białowieża ©Nicolas Blandin

Hajnòwka, el problema no es solo el bosque

A Hajnówka, la capital de la comarca de la que Białowieża forma parte, se accede por una carretera flanqueada de infinitos tonos de verde. Aquí dos tercios de la mano de obra trabajan en la gestión forestal, la agricultura o la industria.

El abuelo de Tomasz Onikijuk cortaba leña cerca de aquí con la ayuda de su hijo. En cambio, Tomasz, de 43 años, participó activamente en las protestas de 2016 para detener la tala. Este desacuerdo ha vuelto imposible el debate sobre el destino del bosque incluso dentro de la familia. “Hajnówka se fundó sobre el bosque y su explotación. Son muchos los que piensan que aquí no hay futuro sin las serrerías”, dice Tomasz mientras remueve en el agua caliente las hierbas aromáticas que él mismo ha recogido.

En 2016 cambió profundamente la relación con su ciudad, lo que le llevó a guardar en el armario la cámara de cineasta para concentrarse en su relación con el bosque. El proyecto a corto plazo es trasladarse con su pareja y sus hijas a un lugar menos habitado: “Nosotros también queremos vivir del bosque, pero en un sentido más espiritual, acompañando a las personas y organizando experiencias de descubrimiento”.

Hajnówka reúne todas las grandes complejidades que giran en torno al futuro del bosque: durante años la comarca ha tenido una de las peores tasas de natalidad de Polonia y un desempleo por encima de la media nacional (del 7,8%, dato positivo en comparación con la media regional, que es del 8,3%), según los últimos datos de la oficina local de empleo. La falta de trabajo es un argumento recurrente de quienes quisieran explotar los recursos del bosque y que se muestran reacios a una posible “conversión” al turismo.

“En Białowieża en 2016 los ingresos derivados del turismo casi alcanzaron los 70 millones de eslotis (17 millones de euros, ndr), cifra visiblemente superior a la obtenida por la producción de la madera”, afirma con vehemencia el anciano profesor Tomasz Wesołowski, biólogo que lleva 26 años dedicando al bosque de Białowieża los meses no lectivos en la Universidad de Breslavia. En el jardín de la casa que alquila cada primavera desgrana algunos datos sobre Bosques del Estado, el ente gestor del bosque (a excepción del área que ocupa el Parque Nacional), que a menudo ha tomado partido a favor de una intervención en el bosque y que da trabajo a más de 150 personas en la zona. “A pesar del aumento de producción de madera, para administrar Białowieża Bosques del Estado sigue necesitando cada año 20 millones de eslotis de subvención pública (5 millones de euros, ndr) para cubrir los costes, en especial los de los salarios”.

En Białowieża el profesor Wesołowski lleva una vida rutinaria: por la mañana recoge datos entre robles centenarios y aves singulares y por la tarde se reúne con los residentes. Para él, la variedad de comunidades que pueblan esta tierra fronteriza, incluida la importante minoría bielorrusa, incide en el debate sobre la protección del bosque: “Pregunto, escucho, hablo. Intento comprender las razones y las circunstancias atenuantes, las identidades que están en juego”.

“El bosque pertenece a las generaciones futuras”

A Ewa Zin le encanta leer los árboles, al menos tanto como leer los libros que tiene esparcidos por toda la casa. Sus raíces se remontan hasta Hajnówka, ciudad a la que se mudó su bisabuelo para trabajar en una serrería y hogar del marcinek, un pastel formado por (al menos) veinte capas de crema de leche que Ewa cuenta religiosamente. Podía haber seguido el camino de las universidades más prestigiosas del continente y, sin embargo escogió este pueblo de dos mil almas por su bosque único en el mundo. “Temo que el debate sobre el futuro de Białowieża se esté basando más en las emociones que en los hechos”, admite preocupada agarrando con fuerza la taza de té. “Dentro de mis posibilidades, estoy llamada a encontrar respuestas científicas a las preguntas tan complicadas que nos plantea el bosque”.

Si este bosque sigue siendo tan especial se debe sobre todo a lo poderosos que fueron reyes y zares, que durante siglos lo protegieron como su coto de caza. ¿A quién pertenece realmente hoy este oasis de tierra verde? Ewa no tiene dudas: “Tal como certificó la UNESCO en 1979, es patrimonio de todos, de la comunidad mundial”. Menos de veinticuatro horas después, prismáticos al cuello y perfume de hierba de bisonte que se extiende en las primeras horas de la mañana, vuelve a la pregunta. “Si me preguntas quién debe decidir, no lo sé. Pero el bosque no es realmente de todos. El bosque de Białowieża pertenece sobre todo a las generaciones futuras”.

**Con la colaboración de Małgorzata Wójcicka y Marta Szysko.

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